30 de Octubre. Algo se mueve en el aire en los pasillos del SEK Guadalajara. Papel picado en colores naranja, morado, rosa mexicano y negro, empiezan a aparecer por los salones y en las oficinas. Calaveras de azúcar, pan de muertos, copal e incienso van invadiendo los olfatos. Cempazúchiltl, la flor de los muertos por tradición mexicana, está en jarrones, formando arcos o en ramilletes, dando con sus tonos naranjas un ambiente cálido y de festividad. Niños van y vienen, los maestros se preparan, todo está listo para celebrar unas de las fiestas tradicionales más arraigadas en nuestro país: La fiesta a nuestros muertos.
Honrando la memoria de familiares o personajes ya fallecidos, cada grupo, desde los pequeñitos del Preescolar, hasta los jóvenes del Bachillerato, prepara su Altar de Muertos, ataviándolos con muchos obsequios para recibir a su “muertito” ese día por la noche. Su espíritu comerá de nuevo sus platillos favoritos, jugará con sus objetos predilectos y verá a su gente querida unos instantes. O al menos eso dicta la tradición. Tradición en la cual los mexicanos se enfrentan a la muerte, la retan, le hablan cara a cara, pero dentro de todo, la respetan como una de sus mayores certezas.
Pero faltaba mucho más. Llegada la noche, aparecieron brujitas y hadas, entes del más allá y fantasmas. Son ellos, miembros de nuestra comunidad educativa que se reúnen no solo a seguir la tradición mexicana, sino también a conocer más y convivir con otra, el Halloween. Niños aquí y allá gritando alegres "Trick or Treat!" y papás con sus hijos disputándose el primer lugar al mejor disfraz, concurso organizado por uno de nuestros Comités de Padres de Familia. Allí estábamos todos, en una fiesta multicultural, peculiar y jocosa, cerrando con broche de oro: la danza prehispánica con la que se veneraba a la muerte, manifestación cultural que sigue vigente en algunas comunidades indígenas de México.
Cenamos tamales y atole, una de las comidas preferidas por los tapatíos, y allí entre los comensales, la muerte andaba rondando. Era La Catrina, figura del imaginario mexicano que iba recordando a todos los presentes que tarde o temprano, Ella nos visitaría y nos sonreiría. ¿Cuándo? Cuando crea que es conveniente. Pero mientras eso nos sucede, sigámonos riendo de Ella y festejándola cada año. En una de esas se olvida de nosotros. ¡Salud!
|